He aquí algunas de las cosas más bellas de aquellos infames momentos:
Del genial Ray Bradbury, de su genial "El hombre ilustrado" (momento de quiebre en mi existencia), su cuento Bailando para no estar muerto
La historia que narra este cuento es muy parecida a la realidad. Es mi cuento preferido de los que he escrito. Pero no se si a todos habrá de gustarles. De todos modos, con ustedes, mi último cuento:
Las reuniones familiares con los parientes de mi madre son siempre bastante peculiares. Se caracterizan por tener un humor muy distinto al que suelo frecuentar. Todavía recuerdo esa conversación (bastante impresionable, de hecho) sobre la hermana de mi difunto abuelo que comía los ojos de las ovejas que mataban en su juventud en el campo.
Desde que me habían mandado a la mesa de los grandes las cosas habían cambiado. Yo no podía formar parte de las conversaciones que hablan los adultos, y a veces respondía alguna pregunta o algún comentario que hacían (no hay reunión en la que no escuche el “¡qué poco comés!”, cuando todos los comensales sabemos que ellos comen mucho, y por comparación, como poco).
El domingo pasado, después de varios meses, volvimos a juntarnos. La esposa de mi tío había preparado tallarines, y mi mamá había cocinado pollo en la parrilla. Estábamos mi hermana, mi madre, mi tío con su esposa y sus dos hijos, mi abuela, la hermana de mi difunto abuelo, y yo.
El almuerzo no se salió de lo común. Pero algo bastante curioso pasó cuando mi hermana, que aprendió a manejar hace poco, decidió llevar a mi tío a su casa. Volvió unos minutos más tarde (dado que mi tío vive en el barrio siguiente) y contó que cuando estaban yendo, se cruzaron con Néstor.
Néstor, primo de mi madre, es parapsicólogo, y la ocasión con la que se lo cruzaron no fue normal. Pasaron por delante de la casa de mi abuela, lo que requería un desvío bastante importante, porque si querían cruzar ese segmento del barrio, no era necesario.
- El tío dijo que era Néstor. Pero no saludó – dijo mi hermana.
- Y, obviamente. Está todo mal. – le respondí
- ¿Pero qué es lo que pasó? No sabía nada
- Es medio complicado de explicar. – le dije
Mi hermana llamó a mi abuela para contarle, y uno a uno se fueron incorporando los presentes a la conversación.
- Raquel –le dijo la esposa de mi tío a mi abuela- usted debería hablar con ellos y preguntarles. Qué me tienen que andar haciendo la pasadita. – agregó muy enojada.
- Sigo sin entender – dijo mi hermana.
- Lo que pasó básicamente es que estamos peleados pero no directamente. El hecho de que Néstor sea brujo…
- A mí me dijeron que Ester, tiene una figura de un santo negro sobre una foto de su patrona, y así ella puede hacer lo que quiere en el trabajo. – dijo la hermana de mi difunto abuelo.
- Sí… Son bastante macabros, por así decirlo. Y creo que son bastante envidiosos. – dijo mi madre.
- El Pastor dice que la envidia mata… A mí me dijo
- ¿Y qué tiene que ver? – dijo mi hermana.
- Y – dijo la hermana de mi difunto abuelo- cuando se muere el sapo, muere el hombre. –Mi hermana abrió los ojos sorprendida.
- Y ese Pastor del que hablás... ¿tiene poder de curar a los enfermos, hacer caer a las personas y todo eso? – preguntó mi hermana.
- Sí –respondió la hermana de mi difunto abuelo-, tiene un poder bastante importante el Pastor. Las personas mas envidiadas, caen al suelo desmayadas. A la hija de
- No…
- El Pastor también curó a una chica que tenía un nódulo en la panza. Un tiempo después…
- ¿Qué es un nódulo? – interrumpió mi hermana.
- Parecido a una inflamación – le dije.
- Sí – dijo la hermana de mi difunto abuelo-. Bueno, te decía, que un tiempo después le salió uno en el pecho.
- Que alguien le avise que tiene cáncer, pobre mujer – dije yo. Pero la hermana de mi difunto abuelo pareció ignorar el comentario.
Nos quedamos en silencio unos momentos. Apareció de la cocina el gatito de mi abuela, el Pichi, pero al ver tanta gente se fue rápido. Me acordé de mi perra. Nos quedamos en silencio unos segundos.
- Néstor le dice siempre a la abuela “Tu hijo es un negro sucio” – dijo uno de los hijos de mi tío, bastante ofendido.
- La abuela seguro que no le dice nada porque tiene miedo, imaginate… una persona así… - dijo mi hermana.
El hijo de mi tío asintió con la cabeza. Desde la cocina mi abuela grita que se le va a enfriar el café a mi madre, que se había ido a apagar lo que quedaba del fuego.
La conversación siguió ni bien volvió mi mamá. Noté con comentarios como “las van a pagar” y demás, que todos creemos en el karma. Está bien. Es recibir lo que uno merece (aunque a veces las cosas no son tan buenas como esperamos, y son más malas de lo que quizá merecíamos).
- Néstor –volvió a hablar uno de los hijos de mi tío- siempre que viene a acá, se queda en el baño varios minutos… Algo hace en el baño.
- Y –dijo mi hermana- puede ser. ¿Por qué entonces Tito va a visitarlos todavía, sabiendo lo mal que hablan de su hermano?- Todos se quedaron pensando en la respuesta. Tito siempre fue bastante diferente a sus dos hermanos (o sea mi tío y mi madre). En este momento estaba ausente por su trabajo de camionero, pero, conociéndolo, si hubiera estado presente se hubiera mantenido al margen de la situación.
- Yo creo –hipotetizó con convicción la hermana de mi difunto abuelo- que al Tito lo emboban con la comida que le dan cuando él va a almorzar. Sabiendo como es
- Sí… - dijo la esposa de mi tío- Ester le saca el cuero a todos a sus espaldas. A su madre – nos dijo a mi hermana y a mí- le sacaban el cuero por cada pavada… Cuando se iba a casar, estaban enojados porque para el casamiento no tenían qué ponerse. ¡Mirá qué pavada!
Asentimos y la esposa de mi tío siguió hablando:
- Ella trabaja ahí gracias a mí. Yo la hice entrar…
- Que Dios los ayude – responde la hermana de mi difunto abuelo.
- Pero… Puta, uno no les hace nada… Yo la ayudé y así te pagan –dice la esposa de mi tío.
La conversación continuó. La hermana de mi difunto abuelo parece conocer a Néstor muy bien. Contó que es mujeriego y que tiene un hijo ilegítimo. “Ya lo va a necesitar”, dijo mi abuela.
- Ester es muy celosa con su hijo – siguió hablando la hermana de mi difunto abuelo-. A la nuera de ahora le dice “la ojetuda”. Pobre… tiene el culo grande pero no es mala como para decirle así. Después anda chupándole el culo. –hizo una pausa. Y continuó- El Pastor dice que hay que enfrentar a los malos…
El otro de los hijos de mi tío, que se había mantenido en silencio y ajeno a la conversación, se va a dormir.
Mi madre terminó el café, y nos quedamos mirando la televisión, mientras mi abuela llevaba el pocillo a la cocina.
Cuando volvió, suspiró y dijo “¡Cómo son de hijos de puta, che…”, mientras miraba por la ventana.
Afuera se cerró la puerta de un auto. Mi abuela salió a la vereda.
-¡Hola Ester!
Andrea se despertó en la cama de al lado y se levantó, bajó las escaleras y tomó agua en la cocina. La seguí, porque siempre tuve una especie de paranoia respecto al sonambulismo, y vi que estaba sentada, en silencio, seguramente pensando.
-¿Por qué te despertaste?
-Quería tomar agua.
Su respuesta no me convenció. Me quedé unos momentos en silencio con ella, y finalmente habló. Me dijo que había tenido una pesadilla, pero no estaba segura de si había sido un mal sueño o si realmente lo había vivido. Me contó que el, aparentemente, sueño era sobre nosotros dos jugando en la pieza, y ella sintiéndose observada por alguien. Estábamos solos. Ella estaba hablando sobre algo que le había pasado a Santi el chico de enfrente, y ahí me comunicó que se sentía mirada por alguien que estaba debajo de la cama. Yo miré instantáneamente y no vi nada. Había dos botones plateados y desde cierto punto de vista (el de ella no) brillaban y con un poco de imaginación parecían dos ojos.
Dijo que de repente estábamos en la pieza, con mamá. “Los sueños son así, estás en algún lado, o hablando con alguien, y de repente estás en una situación totalmente diferente”, me dijo. Yo ya sabía eso, pero no dije nada. Continuó el relato. Dijo que yo dormía, y ella y mamá llamaban a la policía porque escucharon voces en el techo. Yo finalmente me desperté y salía de la habitación. Había un hombre vestido de rojo que se reía y cantaba una canción que yo siempre cantaba. Yo me acercaba mientras ella y mi mamá me gritaban que no lo haga, y de la nada apareció un hombre vestido de policía que nos decía que habían entrado a robar, que llamemos a la policía. Acotó que esa parte se justifica con una noticia que había leído unos días antes, sobre un ladrón que hizo algo similar.
Ya hacía varios minutos que estábamos los dos, descalzos y en pijamas, hablando sobre el sueño que había tenido Andrea. Habíamos vaciado la jarra y yo decidí preparar té. Nos quedamos otro momento en silencio y escuchamos unas voces al otro lado de la puerta. Mamá dormía. Lou no paraba de ladrar. De un momento a otro quedó en silencio. Las voces también se apagaron y entonces un hombre con una escopeta en las manos se presentó en nuestra cocina, sonriendo.
-Dejavú – dijo Andrea.
Leandro robaba flores de día porque nadie lo veía. Cuando él lo deseaba el tiempo se detenía y las personas quedaban duras y no notaban el quiebre de tiempo que ocurría cada vez que Leandro quería.
Se despertó, porque en la habitación donde se encontraban sus pares no había cortinas, y la luz de la calle entraba y le daba directo a sus ojos. Se dio cuenta que Augusto hablaba. Le dijo su nombre pero no respondió porque estaba dormido y nadie más escuchaba los extraños sonidos que Augusto emitía con la boca (y un poco de ayuda de la nariz). Repitió el nombre de nuevo, entre risas. Augusto no se despertó. Repitió el nombre, ya un poco molesto. Augusto no respondió.
Pensó en levantarse pero de noche el piso era invadido por insectos que le causaban gran impresión, por lo que cerró los ojos pero no durmió.
El día siguiente, él y sus pares caminaron por un largo pasillo natural mientras la lluvia les daba en el casco. Entonces Leandro vio una flor que le atraía.
La muchacha llevaba sobre su cabeza una cesta tapada con nylon azul, y dentro, por lo que él pudo mirar, llevaba pan. Leandro la observó mientras pasaba a su lado y se sintió atraido por la muchacha de ojos marrones.
Leandro le robó la flor (o eso creyó él). Terminó gritando al hacerlo, y le dio un beso en la mejilla. La chica estaba paralizada sobre sus piernas, sin conocimiento alguno.
Leandro, antes de arreglar el quiebre, lo vio a Augusto. Era un tanto obeso, y se veia cansado y triste.
Lo llevó a una montaña que esta próxima a donde él creía que estaban los opositores (nunca los llamó enemigos, porque no sentía odio hacia ellos, ya que él sólo estaba ahí por una tradición familiar que no le importaba).
Augusto recibió treinta y cuatro golpes en diferentes lugares de su cabeza y quedó tendido en un campo verde. Sus ojos permanecían abiertos y su mano seguía en su arma. Leandro le robó las botas.
Leandro regresó a las filas. La muchacha de la cesta seguía ahí. Caminó un rato, orinó al lado del teniente y se acostó a ver el cielo. Las gotas suspendidas eran su paisaje preferido desde que estaba en esa ciudad.
Se levantó y se asomó a un precipicio. Miró lo que había debajo. Parpadeó más lento de lo habitual y respiró hondo algunas veces.
La piedra que sostenía a Leandro se rompió, y el muchacho cayó sobre más rocas.
La sangre salía de su cabeza. Sus ojos estaban un poco abiertos.