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martes, 20 de julio de 2010

BACK TO 2007

Esos días que mi memoria intenta sepultar.
He aquí algunas de las cosas más bellas de aquellos infames momentos:

Del genial Ray Bradbury, de su genial "El hombre ilustrado" (momento de quiebre en mi existencia), su cuento Bailando para no estar muerto

Una noche, mientras me estaba sirviendo, mi amigo camarero, Laurent, que trabajaba en la Brasserie Champs du Mars cerca de la Torre Eiffel, me habló de su vida.
-Trabajo de diez a doce horas, a veces catorce -me dijo- y después a medianoche me voy a bailar, bailar, bailar hasta las cuatro o cinco de la mañana, y me acuesto y duermo hasta las diez y luego arriba a las once a trabajar diez o doce horas y a veces quince.
-¿Cómo consigue hacerlo? -le pregunté.
-Fácilmente -dijo-. Dormir es estar muerto. Es como la muerte. Así que bailamos, bailamos para no estar muertos. No queremos que eso ocurra.
-Qué edad tiene usted -le pregunté.
-Veintitrés -me dijo.
-Ah -dije, y lo tomé gentilmente por el codo-. Ah. Veintitrés, ¿no?
-Veintitrés -dijo sonriendo-. ¿Y usted?
-Setenta y seis -dije-. Y yo tampoco quiero estar muerto. Pero no tengo veintitrés. ¿Qué puedo hacer?
-Sí -dijo Laurent, inocente y todavía sonriendo-, ¿qué hace usted a las tres de la mañana?
-Escribir -dije al cabo de un momento.
-¿Escribir? -dijo Laurent, asombrado-. ¿Escribir?
-Para no estar muerto -dije-, como usted.
-¿Yo?
-Sí -dije, sonriendo ahora-. A las tres de la mañana escribo, escribo, ¡escribo!
-Tiene mucha suerte -me dijo Laurent-. Es usted muy joven.
-Hasta ahora -dije y apuré mi cerveza y me fui a sentar adelante de mi máquina de escribir, a terminar un cuento.

martes, 7 de julio de 2009

Cuento todavía sin título

La historia que narra este cuento es muy parecida a la realidad. Es mi cuento preferido de los que he escrito. Pero no se si a todos habrá de gustarles. De todos modos, con ustedes, mi último cuento:


Las reuniones familiares con los parientes de mi madre son siempre bastante peculiares. Se caracterizan por tener un humor muy distinto al que suelo frecuentar. Todavía recuerdo esa conversación (bastante impresionable, de hecho) sobre la hermana de mi difunto abuelo que comía los ojos de las ovejas que mataban en su juventud en el campo.

Desde que me habían mandado a la mesa de los grandes las cosas habían cambiado. Yo no podía formar parte de las conversaciones que hablan los adultos, y a veces respondía alguna pregunta o algún comentario que hacían (no hay reunión en la que no escuche el “¡qué poco comés!”, cuando todos los comensales sabemos que ellos comen mucho, y por comparación, como poco).

El domingo pasado, después de varios meses, volvimos a juntarnos. La esposa de mi tío había preparado tallarines, y mi mamá había cocinado pollo en la parrilla. Estábamos mi hermana, mi madre, mi tío con su esposa y sus dos hijos, mi abuela, la hermana de mi difunto abuelo, y yo.

El almuerzo no se salió de lo común. Pero algo bastante curioso pasó cuando mi hermana, que aprendió a manejar hace poco, decidió llevar a mi tío a su casa. Volvió unos minutos más tarde (dado que mi tío vive en el barrio siguiente) y contó que cuando estaban yendo, se cruzaron con Néstor.

Néstor, primo de mi madre, es parapsicólogo, y la ocasión con la que se lo cruzaron no fue normal. Pasaron por delante de la casa de mi abuela, lo que requería un desvío bastante importante, porque si querían cruzar ese segmento del barrio, no era necesario.

- El tío dijo que era Néstor. Pero no saludó – dijo mi hermana.

- Y, obviamente. Está todo mal. – le respondí

- ¿Pero qué es lo que pasó? No sabía nada

- Es medio complicado de explicar. – le dije

Mi hermana llamó a mi abuela para contarle, y uno a uno se fueron incorporando los presentes a la conversación.

- Raquel –le dijo la esposa de mi tío a mi abuela- usted debería hablar con ellos y preguntarles. Qué me tienen que andar haciendo la pasadita. – agregó muy enojada.

- Sigo sin entender – dijo mi hermana.

- Lo que pasó básicamente es que estamos peleados pero no directamente. El hecho de que Néstor sea brujo…

- A mí me dijeron que Ester, tiene una figura de un santo negro sobre una foto de su patrona, y así ella puede hacer lo que quiere en el trabajo. – dijo la hermana de mi difunto abuelo.

- Sí… Son bastante macabros, por así decirlo. Y creo que son bastante envidiosos. – dijo mi madre.

- El Pastor dice que la envidia mata… A mí me dijo la Clarisa que Néstor puso una foto de un hombre que ella conocía en un sapo. – dijo la hermana de mi difunto abuelo.

- ¿Y qué tiene que ver? – dijo mi hermana.

- Y – dijo la hermana de mi difunto abuelo- cuando se muere el sapo, muere el hombre. –Mi hermana abrió los ojos sorprendida.

- Y ese Pastor del que hablás... ¿tiene poder de curar a los enfermos, hacer caer a las personas y todo eso? – preguntó mi hermana.

- Sí –respondió la hermana de mi difunto abuelo-, tiene un poder bastante importante el Pastor. Las personas mas envidiadas, caen al suelo desmayadas. A la hija de la Marta… una piba joven, de 25, 30 años, siempre que va la hace caer. ¿Te acordás de la piba esa? Era la que cuidaba tu mamá cuando era más joven.

- No…

- El Pastor también curó a una chica que tenía un nódulo en la panza. Un tiempo después…

- ¿Qué es un nódulo? – interrumpió mi hermana.

- Parecido a una inflamación – le dije.

- Sí – dijo la hermana de mi difunto abuelo-. Bueno, te decía, que un tiempo después le salió uno en el pecho.

- Que alguien le avise que tiene cáncer, pobre mujer – dije yo. Pero la hermana de mi difunto abuelo pareció ignorar el comentario.

Nos quedamos en silencio unos momentos. Apareció de la cocina el gatito de mi abuela, el Pichi, pero al ver tanta gente se fue rápido. Me acordé de mi perra. Nos quedamos en silencio unos segundos.

- Néstor le dice siempre a la abuela “Tu hijo es un negro sucio” – dijo uno de los hijos de mi tío, bastante ofendido.

- La abuela seguro que no le dice nada porque tiene miedo, imaginate… una persona así… - dijo mi hermana.

El hijo de mi tío asintió con la cabeza. Desde la cocina mi abuela grita que se le va a enfriar el café a mi madre, que se había ido a apagar lo que quedaba del fuego.

La conversación siguió ni bien volvió mi mamá. Noté con comentarios como “las van a pagar” y demás, que todos creemos en el karma. Está bien. Es recibir lo que uno merece (aunque a veces las cosas no son tan buenas como esperamos, y son más malas de lo que quizá merecíamos).

- Néstor –volvió a hablar uno de los hijos de mi tío- siempre que viene a acá, se queda en el baño varios minutos… Algo hace en el baño.

- Y –dijo mi hermana- puede ser. ¿Por qué entonces Tito va a visitarlos todavía, sabiendo lo mal que hablan de su hermano?- Todos se quedaron pensando en la respuesta. Tito siempre fue bastante diferente a sus dos hermanos (o sea mi tío y mi madre). En este momento estaba ausente por su trabajo de camionero, pero, conociéndolo, si hubiera estado presente se hubiera mantenido al margen de la situación.

- Yo creo –hipotetizó con convicción la hermana de mi difunto abuelo- que al Tito lo emboban con la comida que le dan cuando él va a almorzar. Sabiendo como es la Ester… Por algo Néstor es así, ¿no? Teniendo una madre así…

- Sí… - dijo la esposa de mi tío- Ester le saca el cuero a todos a sus espaldas. A su madre – nos dijo a mi hermana y a mí- le sacaban el cuero por cada pavada… Cuando se iba a casar, estaban enojados porque para el casamiento no tenían qué ponerse. ¡Mirá qué pavada!

Asentimos y la esposa de mi tío siguió hablando:

- Ella trabaja ahí gracias a mí. Yo la hice entrar…

- Que Dios los ayude – responde la hermana de mi difunto abuelo.

- Pero… Puta, uno no les hace nada… Yo la ayudé y así te pagan –dice la esposa de mi tío.

La conversación continuó. La hermana de mi difunto abuelo parece conocer a Néstor muy bien. Contó que es mujeriego y que tiene un hijo ilegítimo. “Ya lo va a necesitar”, dijo mi abuela.

- Ester es muy celosa con su hijo – siguió hablando la hermana de mi difunto abuelo-. A la nuera de ahora le dice “la ojetuda”. Pobre… tiene el culo grande pero no es mala como para decirle así. Después anda chupándole el culo. –hizo una pausa. Y continuó- El Pastor dice que hay que enfrentar a los malos…

El otro de los hijos de mi tío, que se había mantenido en silencio y ajeno a la conversación, se va a dormir.

Mi madre terminó el café, y nos quedamos mirando la televisión, mientras mi abuela llevaba el pocillo a la cocina.

Cuando volvió, suspiró y dijo “¡Cómo son de hijos de puta, che…”, mientras miraba por la ventana.

Afuera se cerró la puerta de un auto. Mi abuela salió a la vereda.

-¡Hola Ester!

sábado, 7 de marzo de 2009

Amanecer en Bagdad

Andrea se despertó en la cama de al lado y se levantó, bajó las escaleras y tomó agua en la cocina. La seguí, porque siempre tuve una especie de paranoia respecto al sonambulismo, y vi que estaba sentada, en silencio, seguramente pensando.

-¿Por qué te despertaste?
-Quería tomar agua.

Su respuesta no me convenció. Me quedé unos momentos en silencio con ella, y finalmente habló. Me dijo que había tenido una pesadilla, pero no estaba segura de si había sido un mal sueño o si realmente lo había vivido. Me contó que el, aparentemente, sueño era sobre nosotros dos jugando en la pieza, y ella sintiéndose observada por alguien. Estábamos solos. Ella estaba hablando sobre algo que le había pasado a Santi el chico de enfrente, y ahí me comunicó que se sentía mirada por alguien que estaba debajo de la cama. Yo miré instantáneamente y no vi nada. Había dos botones plateados y desde cierto punto de vista (el de ella no) brillaban y con un poco de imaginación parecían dos ojos.

Dijo que de repente estábamos en la pieza, con mamá. “Los sueños son así, estás en algún lado, o hablando con alguien, y de repente estás en una situación totalmente diferente”, me dijo. Yo ya sabía eso, pero no dije nada. Continuó el relato. Dijo que yo dormía, y ella y mamá llamaban a la policía porque escucharon voces en el techo. Yo finalmente me desperté y salía de la habitación. Había un hombre vestido de rojo que se reía y cantaba una canción que yo siempre cantaba. Yo me acercaba mientras ella y mi mamá me gritaban que no lo haga, y de la nada apareció un hombre vestido de policía que nos decía que habían entrado a robar, que llamemos a la policía. Acotó que esa parte se justifica con una noticia que había leído unos días antes, sobre un ladrón que hizo algo similar.

Ya hacía varios minutos que estábamos los dos, descalzos y en pijamas, hablando sobre el sueño que había tenido Andrea. Habíamos vaciado la jarra y yo decidí preparar té. Nos quedamos otro momento en silencio y escuchamos unas voces al otro lado de la puerta. Mamá dormía. Lou no paraba de ladrar. De un momento a otro quedó en silencio. Las voces también se apagaron y entonces un hombre con una escopeta en las manos se presentó en nuestra cocina, sonriendo.

-Dejavú – dijo Andrea.

viernes, 31 de octubre de 2008

El ladrón

Leandro robaba flores de día porque nadie lo veía. Cuando él lo deseaba el tiempo se detenía y las personas quedaban duras y no notaban el quiebre de tiempo que ocurría cada vez que Leandro quería.

Se despertó, porque en la habitación donde se encontraban sus pares no había cortinas, y la luz de la calle entraba y le daba directo a sus ojos. Se dio cuenta que Augusto hablaba. Le dijo su nombre pero no respondió porque estaba dormido y nadie más escuchaba los extraños sonidos que Augusto emitía con la boca (y un poco de ayuda de la nariz). Repitió el nombre de nuevo, entre risas. Augusto no se despertó. Repitió el nombre, ya un poco molesto. Augusto no respondió.

Pensó en levantarse pero de noche el piso era invadido por insectos que le causaban gran impresión, por lo que cerró los ojos pero no durmió.

El día siguiente, él y sus pares caminaron por un largo pasillo natural mientras la lluvia les daba en el casco. Entonces Leandro vio una flor que le atraía.

La muchacha llevaba sobre su cabeza una cesta tapada con nylon azul, y dentro, por lo que él pudo mirar, llevaba pan. Leandro la observó mientras pasaba a su lado y se sintió atraido por la muchacha de ojos marrones.

Leandro le robó la flor (o eso creyó él). Terminó gritando al hacerlo, y le dio un beso en la mejilla. La chica estaba paralizada sobre sus piernas, sin conocimiento alguno.

Leandro, antes de arreglar el quiebre, lo vio a Augusto. Era un tanto obeso, y se veia cansado y triste.

Lo llevó a una montaña que esta próxima a donde él creía que estaban los opositores (nunca los llamó enemigos, porque no sentía odio hacia ellos, ya que él sólo estaba ahí por una tradición familiar que no le importaba).

Augusto recibió treinta y cuatro golpes en diferentes lugares de su cabeza y quedó tendido en un campo verde. Sus ojos permanecían abiertos y su mano seguía en su arma. Leandro le robó las botas.

Leandro regresó a las filas. La muchacha de la cesta seguía ahí. Caminó un rato, orinó al lado del teniente y se acostó a ver el cielo. Las gotas suspendidas eran su paisaje preferido desde que estaba en esa ciudad.

Se levantó y se asomó a un precipicio. Miró lo que había debajo. Parpadeó más lento de lo habitual y respiró hondo algunas veces.

La piedra que sostenía a Leandro se rompió, y el muchacho cayó sobre más rocas.

La sangre salía de su cabeza. Sus ojos estaban un poco abiertos.


viernes, 1 de agosto de 2008

En la noche (volvió la inspiración!)

Nos quedaba el resto de la vida. O de tu vida o la mía. La duda existencial baja las probabilidades de acercamiento.
Tu nariz recta y curva era lo poco que veía en la oscuridad. Tus dientes no brillaban y tus ojos no parpadeaban. No estabas ahí. Tampoco estabas allá. Tus manos estaban calientes. Tu pelo estaba erizado y sin color.

Dios Santo, que bello Abril sos vos.

Te levantaste. Hiciste la comida y te volviste a acostar. Me levanté cuando te tiraste en la cama. Al llegar a la cocina vi los fideos fríos y aceitosos, desafiantes sobre la hoya, esperando a terminar en una bolsa llena de demás elementos que decidimos no conservar. ¡Qué absurdo momento! Y encima, que te veo porque dejaste la puerta abierta. Y tus manos cubren tu cara pero no tu alma, querida Casandra.
El alcohol que consumiste anoche te dejo ahí con los ojos cerrados y sin mí. Pero no te olvides de mí, porque mañana el que estará sobre tus flores marchitas seré yo. No pienses que voy a llorar, porque mi afecto hacia vos secó mis lágrimas que habían cultivádose durante varios largos años cerca de vos.
Un vaso con ron se cae al suelo. Maldecís. ¿Qué pasa, querida Casandra? No somos los mismos. Y no pretendo que se desarrolle una especie de síndrome de Estocolmo. Pero ayer me decías “el cielo” y ahora me prometés “la tierra”.
Todavía me acuerdo cuando visitamos Rosario en el ’84. Dijiste que si no te llamaras así, no serías como sos. Si te llamaras Iris, serías una persona no tan oscura; y que si te llamaras Romina serías más normal. Pero yo te veo normal. Quizá el mundo cambió y todos se dieron cuenta excepto yo. Siempre me adelanto.
Me acerco a limpiar el desastre que había hecho un simple vaso. Tus manos sangraban pero sin embargo seguían cubriendo tus ojos, cerrados pero desorientados. ¿En qué pensás, querida Casandra?
El olor que sale de la alfombra me pone de mal humor. “Esto es una mierda”, me decís. Pero yo no te respondo. Te miro. Estás ahí, con la cara roja y blanca en algunas partes.
Después de limpiar los vidrios y señalizarlos (siempre me atormentó el hecho de que algo similar le pase al recolector esquizofrénico que pasa por casa) te abrazo. Gritas. Mis oídos lo soportan. Lo soportan. “No grités”, te digo al fin. Pero sin embargo lo seguía soportando. Te llevo al baño.
Te sumerjo en agua caliente. Despertate, Casandra. Esta vida de biorsi no es más que lo que soñó Juan. Pero Juan no es quien era: está casado con Mariana y se sientan todos los días en el porche a tomar mate y comer galletitas que ella cocina con mucho gusto. Juan es feliz.
¡Qué equivocados estabamos en el ’89 cuando nos casamos y prometimos “para siempre”! En realidad, el equivocado era el señor que te dio la lapicera. ¿No te diste cuenta que el color de la birome no era un buen augurio?
Al fin te despertás. Me pedís perdón pero no hay tiempo para eso. Tres negras (o por ahí dos corcheas y una negra o alguna combinación similar, no recuerdo la teoría en situaciones límites) suenan cuando marco en el celular el número del hospital de la calle Perón. Mi simpatía por el hombre que le dio nombre a la calle es mínima. Pero no hay tiempo para eso (en realidad sí, pero no tengo ganas de pensar en eso mientras te veo ahí, pidiéndome perdón).
“No, por favor, no tenés que hacer eso”, me decís. Pero no lo hago por vos. Tampoco por mí. Lo hago en honor al caído, que era un alter-ego de un conocido que no conociste. Pero él si te conocía. Me pidió por favor que te lleve cuando pase.

Al cabo de media hora, sos acostada en una cama del hospital. Te instalan varios sistemas en tu cuerpo, débil. Tus manos no sangraban pero una raya roja se extendía en ellas… blancas, bellas.
Dejo la habitación en que estás para tomar café. Tomo varias tazas. Una, dos, tres… Pero no era suficiente. Todavía estabas en mí, en mi cabeza (nunca llamé corazón a la parte de mi cerebro donde guardo mis sentimientos, porque el corazón es un órgano que no me agrada por su forma).
Vuelvo a verte a tu habitación. Dormías sedada por las cosas que iban transportándose por los cables que salían de tus brazos. Tu pelo no cubría tu cara y por primera vez te vi.

Estabas parada en una calle de Córdoba. Hacía frío pero lo soportábamos. Tu vestido blanco se volaba y no se por qué insultabas (creo que a nadie en particular). Tu campera azul hacía contraste con tu blancura. Me acerqué a preguntarte la hora, llegaba tarde al cine. Recuerdo que esa noche se estrenaba en la ciudad, después de varios meses de su estreno en Estados Unidos, una película que marcaría la relación.
Me dijiste que era tarde para la función. Todavía me sigo preguntando como supusiste que iba a ver la película de Brando. Quizá por mi traje negro, o quizá porque había pocas cosas por hacer en una ciudad así. Me invitaste a un café, para esperar que se hagan las dos. Me sorprendió tu invitación. ¿Por qué invitar a un total desconocido? No puede ser peor que alguien que conozcas, dijiste, citando a alguien que no recuerdo ahora. Accedí a ir al bar de la Colón al 400 y hablamos mucho. Después fuimos al cine y hablamos sobre vos. Sobre mí. Sobre Juan.

Una sonrisa se dibujó (aunque no lo hubiera considerado una obra de arte) en mi cara. Abrí mis ojos. Estabas llorando con los ojos cerrados. Me llamó la atención la forma en que tus ojos temblaban. La enfermera te secaba las lágrimas que caían por tus mejillas pálidas con un pañuelo con flores. ¿Por qué llorás, querida Casandra?
Me acerqué a tu cama blanca y te abracé. Notaste mi distancia y no respondiste. El abrazo no te dio fuerza. Y bueno, Casandra, no podés esperar mucho de alguien como yo, que tenía ganas de apagarte anoche, y hoy… hoy no soy el que fue con vos a Rosario en el falcon gris.

No cuentes lo que viste en los jardines el sueño acabó.

Dejo el hospital para fumar un cigarrillo. Mis ojos se centran en la luna, que tiene grandes intenciones de ocultarse. ¡Y pensar que le escribieron tantas canciones en Tucumán! Luego de la última pitada pienso en vos, Casandra, que estás tirada en una caja marrón.
No es mi culpa, pero te escribo esto porque alguna vez lo vas a leer. Y vos, querida Casandra, sabés que te quería. Te dije que no iba a llorar. Pero voy a ir a visitarte igual, porque lo que queda en mí, no es lo que quedaba en vos. Lo sabemos desde que comencé a recordarte esto. Casandra, ¿cómo pudiste?
Adiós. Y no te olvides de mí, porque sé que desde allá todo se ve más chico por una ley física que por alguna extraña razón recuerdo ahora. De todos modos, ayer lo veías grande y nadie decía nada.

Santino.

martes, 11 de marzo de 2008

No Expectations

Visitar pueblos en medio del verano es algo que hago año tras año. No puedo evitar caminar en medio de la tranquilidad, solo por la calle, dejando atrás los golpes y los empujones.
Marzo se anunciaba esa mañana. Cuando llegué al último destino de estas vacaciones, decidí caminar y comprar algo salado para comer en una galería cercana a la plaza central. Mis pasos resonaban en todo el lugar. Al salir, las escuché.
Las campanadas de la iglesia del otro lado de la calle retumbaban en toda la plaza. Ting… (silencio) Tong… Nunca había escuchada un sonido tan tétrico… Fue entonces cuando me dirigí a la capilla hecha de extraños elementos (que no se pueden citar por problemas legales) y salieron cinco personas. La primera vestía de negro, y estaba acompañada de un hombre de unos setenta años que lloraba. La tercera persona estaba vestida de blanco y lo reconocí como el sacerdote. Las otras dos personas estaban vestidas de azul oscuro, vistiendo trajes viejos. Fue entonces cuando salieron las demás personas llevando el ataúd.
Al ver tal imagen, acompañada por los sonidos de las campanas que entristecían la escena que veía, vi a la Muerte en persona. Estaba ahí, parada, con una mano en la manija del cajón. Y me miró. Y la miré.

sábado, 29 de septiembre de 2007

La desaparición de los mayas

No, no voy a ser escritor, o al menos no lo incluyo en mis planes a futuro. Pero escribí este cuento para un concurso... No creo que al final enviemos este, no le gusto a mis compañeros... a mi no se si me gusta, pero lo dejo aca como para que no muera este blog haha

El día en que despertó, notó algo raro. El calor no le afectaba, después de tantos años, se había acostumbrado. Su familia estaba con él… todos habían empacado sus mejores y más preciados objetos. Se levantó y saludó a sus hijos y a su mujer, que dulcemente le besó la mejilla y le sirvió unas tortillas. La calidad de estas no era buena, hacía ya años que no comía una como lo hacía en su infancia. Se sintió mal.
-Disculpa, pero… ¿no crees que están un poco rancias estas tortillas? – preguntó intentando no sonar agresivo. Su mujer arqueó las cejas.
- No – mintió ella, convincente. Él sólo se dignó a comer.
Después de comer fue a ver a sus hijos. Estaban caminando por el pueblo, mirando por última vez a los campos en los que solían correr y aprender. La tristeza de esa escena lo hizo volverse. Miró alrededor y observó como todo había sido destruido… sus campos, sus posesiones. Sus más preciadas posesiones. Insultó por lo bajo a la lluvia interminable. “¿Por qué una lluvia de sólo unas semanas había destruido todo, siendo que estábamos listos para todo?” pensó.
-¡Mayauca! – lo llamó su mujer. Se secó las lágrimas de sus ojos y corrió hacia ella y la abrazó.
-¿Me llamaste? –preguntó mirándola a sus ojos color café que tanto le gustaban. Ella sonrió y él recordó por qué se había enamorado de ella.
-Ponte esto – le dijo alcanzándole un huipil- Y llama a Naira y los muchachos y diles que no se ensucien que partimos en un momento.
Por la calle principal pasó alguien que reconoció inmediatamente. Ese cretino le había pedido ayuda en la cosecha de años anteriores y nunca se las había pagado. Le gritó pero el viejo ignoró el llamado. Entonces lo corrió.
-Si vienes a pedirme que te pague, ya te expliqué, no tengo cómo pagarte, ni siquiera semillas… y ahora no hay tiempo – se anticipó el viejo
-Tienes que hacerlo, necesito que me pagues… ¡Con cualquier cosa! Esta época no es fácil y no tengo tanto… Tengo una familia, ¿no lo recuerdas? – respondió.
-No me importa – contestó altivamente el viejo. Y entonces Mayauca no lo dudó y le pegó en la cara. Atrás venía una señora que le tiró muchas semillas de mala manera. Dejó de lado el orgullo y se tiró inmediatamente al suelo a recolectarlas. Todos los que pasaban por allí lo observaban hablando por lo bajo. Él pensó en su familia, e ignoró esos comentarios.

Ya se habían ido todos y fue a dar una última vuelta al pueblo. Se encontró a una anciana llorando en una casa. Insultaba gritando, entonces él se le acercó. Miró el sol… Era la última vez que lo haría desde allí. En el horizonte se veía la interminable fila que viajaba hacia un lugar mejor. Abandonó la casa, pero antes le dijo que no se quede sola y venga con todos. Ella no contestó.
Al volver a su casa su mujer no lo estaba esperando afuera. Desesperado revisó toda la casa gritando su nombre. Ella ya no estaba, entonces corrió hacia la fila, que todavía la alcanzaba a ver desde donde él estaba. Mientras corría pensó que era la última vez que lo hacía. Lo esperaba algo mejor, pero no sabía cómo era ese lugar nuevo. No sabía ni siquiera si realmente existía, o si había sido engañado durante tantos años.

Alcanzó la fila y no vio a su mujer. Un hombre anotaba nombres, excusando que esos serían los salvados. Él se anotó y a un lado dibujó cuatro rayas y tres puntos donde se pedía la edad. Buscó en la lista y notó que el nombre de su mujer y sus hijos. Una sonrisa se dibujó en su cara.
Corrió buscando entre la interminable fila a su mujer. La confundió varias veces, pero no la encontraba. Hasta que finalmente vio a Naira, que era idéntica a su madre. La abrazó, y ella, exaltada al principio, lo hizo también cuando lo reconoció. Más atrás apareció su tan amada esposa y la besó.
-No me esperaste… -le dijo sin dejar de abrazarla.
-Me dijeron que estabas aquí, y entonces vine inmediatamente… creí que te habías ido sin nosotros, o que el viejo de la cosecha te había hecho algo. Pero te busqué aquí y no te encontré… Gracias a Hunab Kú estás aquí…
Los niños lo miraban. Pudo ver la mirada tétrica de su hijo menor. Le revolvió el poco pelo que tenía en la cabeza y le besó la mejilla. Se lamentó de no haberlo podido disfrutar tanto

En el viaje, dos personas se contaban la historia de su vida. Todos escuchaban atentamente.
-Yo nací en Tikal, pero vine hasta aquí porque la gente en las grandes ciudades no es como en estas. –dijo uno.
-Yo nací aquí, y es cierto, la gente en las ciudades pequeñas es más amable y más considerada. Valoramos más cosas… ¿no crees? – contestó el otro
-Definitivamente… yo al llegar aquí, tenía 12 años y el ejército buscaba gente, y pelee en una guerra que prefiero no recordar –dijo el primero, mirando el suelo, tratando de no recordar aquél momento.- Aquí trabajé para un amigo de mi padre que me pagaba con semillas de cacao que cultivaba en casa de mis abuelos. Fue el mejor momento de mi vida, fui feliz. –agregó.
-Yo también fui feliz alguna vez… Recuerdo cuando me casé con la madre de mis hijos. – dijo con cierto humor.- Fue lo mejor que me pasó, el amor no es muy fácil de encontrar… Pero ese Octubre en el que nació mi primogénito y me casé… sin dudas, fue el momento más feliz de mi vida.

Mayauca pensó en su mujer, y también recordó que era feliz con ella. Pero ya no, esta procesión a una nueva vida no traía felicidad, sino incertidumbre. Cuando se iban acercando a destino, cada vez había mas silencio. Todos se tenían la crisis de fe que había tenido él durante los últimos años.
Se acercaban al final… y unos niños pasaron corriendo junto a él. Llevaban unos collares de oro, y atrás de ellos pasó el Halach Wiinik, máxima autoridad, pidiendo perdón por todo lo que causaban sus hijos.

Finalmente llegaron al destino. Sus ojos no lograban tener una vista panorámica de lo que era, debido a la inmensidad del lugar. Un río pasaba por debajo del altísimo precipicio, y el sol se ocultaba, esperándolos.
Uno a uno los mayas fueron saltando, gritaban mientras lo hacían. Del otro lado los esperaba su dios más amado, Hunab Kú. El los resguardaría de la tempestad y pasarían a una vida mejor. ¿Necesitarían en el paraíso que los esperaba semillas, buena ropa y a su familia? Nadie lo sabía.
Cuando pocos quedaban, Mayauca saltó. Mientras caía recordó a su mujer, sus hijos, sus padres, su casa, su perro… toda su vida. Alguien gritaba a su lado, pero no reconoció su cara. El viaje al paraíso era interminable. Finalmente cayó.

Años más tarde, unos pequeños rondaban por allí y casi caen. El color de su piel era blanco y llevaban atado a un pequeño maya de las manos. El gritaba lamentándose no haber saltado. El miedo había podido más. Pero él pequeño no había sido el único. Pensó en Hunab Kú comiendo tortillas con sus padres, y las lágrimas pasaron por toda su cara. Cuando cayó la noche, pensó en su padre Mayauca y escapó de la represión de los hombres invasores. Esa fue la última noche que lo vieron.